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Cuestión de prioridades
En lugar de decir "No tengo tiempo", prueba a decir "no es mi prioridad", y observa cómo te sientes.
Normalmente es una forma de ser honestos y realistas con nosotros mismos. Porque la realidad es que tenemos tiempo para cuidarnos, cocinar o ir al gimnasio, simplemente no queremos, porque no apetece, y preferimos hacer otra cosa.
Prueba con algo sencillo: tengo tiempo para poner una lavadora, pero no quiero hacerlo ahora. O tengo tiempo para planchar, pero no me apetece. Puedo hacerme algo saludable, pero no me apetece y prefiero algo más sabroso (aunque tarde en realidad lo mismo). Hay cosas que resultan más complicadas de procrastinar porque nos sentimos comprometidos, y lo hacemos aunque no apetezca, porque entran en juego importantes modificadores de la conducta, como nuestros valores personales, familiares y necesidades más básicas.
Por ejemplo, no dejamos de llevar a un familiar al médico, porque no apetece y preferimos ver Netflix o revisar Instagram. O no dejamos de lavarnos los dientes, ni de ducharnos, ir a trabajar, comprar comida, etc.
Si cambiamos el lenguaje, observamos que nuestras prioridades no son inamovibles, sino elecciones dinámicas. Habría que entrar cada uno a reflexionar sobre su esquema de valores, sus necesidades, objetivos y propósito de vida, sin juicios de valor.
Interviene también algo sumamente importante: el desarrollo de un hábito vs la búsqueda de una gratificación instantánea como mecanismo evolutivo de supervivencia (sistema de recompensa cerebral y la fluctuación de diferentes hormonas y neurotransmisores). Nuestro cerebro va a tender a simplificar acciones, buscando permanecer en lo conocido porque es más cómodo (hábitos ya instaurados) y buscar la forma de obtener esa recompensa inmediata (dopamina), no esforzándose por otra cosa nueva, aunque a largo plazo pueda ser incluso mejor, generando así un reforzador primario de la conducta.
Normalmente es una forma de ser honestos y realistas con nosotros mismos. Porque la realidad es que tenemos tiempo para cuidarnos, cocinar o ir al gimnasio, simplemente no queremos, porque no apetece, y preferimos hacer otra cosa.
Prueba con algo sencillo: tengo tiempo para poner una lavadora, pero no quiero hacerlo ahora. O tengo tiempo para planchar, pero no me apetece. Puedo hacerme algo saludable, pero no me apetece y prefiero algo más sabroso (aunque tarde en realidad lo mismo). Hay cosas que resultan más complicadas de procrastinar porque nos sentimos comprometidos, y lo hacemos aunque no apetezca, porque entran en juego importantes modificadores de la conducta, como nuestros valores personales, familiares y necesidades más básicas.
Por ejemplo, no dejamos de llevar a un familiar al médico, porque no apetece y preferimos ver Netflix o revisar Instagram. O no dejamos de lavarnos los dientes, ni de ducharnos, ir a trabajar, comprar comida, etc.
Si cambiamos el lenguaje, observamos que nuestras prioridades no son inamovibles, sino elecciones dinámicas. Habría que entrar cada uno a reflexionar sobre su esquema de valores, sus necesidades, objetivos y propósito de vida, sin juicios de valor.
Interviene también algo sumamente importante: el desarrollo de un hábito vs la búsqueda de una gratificación instantánea como mecanismo evolutivo de supervivencia (sistema de recompensa cerebral y la fluctuación de diferentes hormonas y neurotransmisores). Nuestro cerebro va a tender a simplificar acciones, buscando permanecer en lo conocido porque es más cómodo (hábitos ya instaurados) y buscar la forma de obtener esa recompensa inmediata (dopamina), no esforzándose por otra cosa nueva, aunque a largo plazo pueda ser incluso mejor, generando así un reforzador primario de la conducta.
